martes, 25 de noviembre de 2008

La fidelidad, un valor a descubrir






La verdadera fidelidad está en crisis, parece que ser fieles es cosa de tontos o de débiles, parece que ser constantes en los valores verdaderos es señal de fracaso y de falta de realismo.



Se habla muchas veces del valor de la fidelidad. No siempre se comprende bien por qué es algo importante, por qué vale tanto.
Conviene recordar que los valores pueden dividirse en dos grupos: unos son aquellos valores que son buscados y queridos por sí mismos, no por algo distinto de ellos. Son de este grupo, por ejemplo, la amistad, el amor, la alegría profunda y sincera, la eternidad.
Otros valores, en cambio, sólo son medios o instrumentos o consecuencias de valores más importantes. En este segundo grupo se encuentran el dinero, la salud, la fuerza, muchas clases de trabajo, etcétera.








¿Dónde se coloca la fidelidad? ¿En qué grupo podemos situarla?



La fidelidad no es un valor que se mire a sí misma, que se quiera porque sí, sin más: es un valor instrumental.
Se es fiel a un amigo, a la esposa o esposo, a la empresa donde uno trabaja, a la patria, a la humanidad.
La fidelidad acompaña a muchos valores que definen al hombre en su núcleo central, para el bien o para el mal.
Porque también hay personas que son “fieles” a su jefe criminal, al chantajista que pide negocios deshonestos, a la cita puntual para vender droga o para gastar el dinero de la familia en unas cuantas cervezas de más.
En estos casos la “fidelidad” queda deformada, dramáticamente, hacia vicios y males que son capaces de dañar a los demás y de destruirnos, poco a poco, a nosotros mismos.
Así que existen dos fidelidades. O, mejor, una fidelidad auténtica, al servicio del bien, y una caricatura de la fidelidad, siempre manchada por la mentira, la avaricia, el robo o el crimen.








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